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En tanto me siento al borde de mis ojos
Para asistir a la entrada de las imágenes

Vicente Huidobro, Altazor

El lenguaje del cine es tal vez el más complejo de los lenguajes a los que un artista se enfrenta. No en balde se le conoce como séptimo arte a éste que combina todas las artes posibles, en una mezcla liminar tan compleja que valorar sus elementos puede meternos, a veces, en un laberinto de angustias donde se vuelve imposible ver el todo final. Es también en el cine donde tal vez sea más complejo conciliar el genio del artista, desplazado en los créditos por la estrella rutilante nacida en el bisturí o en su natural galanura; es ahí donde la obra del fotógrafo pasa a segundo o tercer término, sea por la exigencia del resultado final o porque la ingratitud del cinéfilo promedio se impone sobre pesquisas más simples de deglutir.

A Gravity (2013), la película de Alfonso Cuarón, le ha pasado factura esta concepción del cine como un producto lleno de capas de sentido, y en donde el principal de ellos se focaliza en los personajes y en la historia que puede ser contada a través de ellos. Gravity no es una película de culto, aunque reconozcamos que, al igual que Avatar, habrá un antes y un después técnico. Tampoco es que sea una película comercial en sentido estricto. Es más, no es una película en sentido estricto: Gravity es una experiencia. Y es una experiencia donde el principal actor es la imagen, la misma que en los créditos aparece sepultada por una capa de nombres.

El espectador promedio espera algo más si se trata de un reparto que incluya a Sandra Bullock y a George Clooney, espera algo más de una situación que se valora angustiante. Lo que lamentablemente no espera en enfrentarse a una secuencia de haikus visuales de primer nivel. No estamos frente a una película cuya historia sea importante; estamos frente a una experiencia cuya historia es el pretexto exploratorio para asistir a la levedad visual, la única cosa que no se apega a la gravedad del guion o a la ingravidez de sus efectos trágicos. El espíritu “revisionista” del cinéfilo incluye observaciones sobre inconsistencias en la historia. Es demasiado, y parece más el fruto de la decepción. No dudo que existan las inconsistencias, pero en toda obra hay la necesidad de introducir elementos discordantes con la condición de que guarden verosimilitud: son creíbles dado que los antecedentes construyen el andamiaje necesario que los haga concebibles, y son necesarios dado que las obras requieren de argumentos que justifiquen (no que expliquen) las coyunturas extraordinarias que hacen viable contar el periplo. Las odiseas razonables no existen; incluso las crónicas, esos cuentos de la realidad, han de ser contadas de un modo extraordinario, por más que en ellas encontremos costumbrismos. Apegarnos en sentido estricto a la realidad, y no a la verosimilitud, nos arrincona a géneros distintos: en el cine al documental, en la literatura al reportaje, en la pintura al plagio.

La película de Cuarón no tiene la culpa del espectador educado para ver un solo tipo de cine donde las estructuras narrativas dependen por completo de la historia. No es absurdo recordar que la narración no es un género exclusivo de los hechos sino que comparte con los sucesos su definición más amplia. Cuarón ha hecho una película donde se narran sucesos; así asistimos, como en el poema de Huidobro “a la entrada de las imágenes”. Pero tal vez los distribuidores carguen con la responsabilidad de no atinar finamente en el target de una obra como Gravity, una responsabilidad que de todos modos no les interesa tratándose de una película de 100 millones de dólares que a estas alturas ya será sobradamente rentable. En su agenda han acertado, por más que muchos cinéfilos se sientan decepcionados con la historia. Cuarón ha acertado construyendo una película ingrávida, bellísima visualmente. Y los distribuidores han acertado convirtiendo un producto casi de museo en algo tan rentable como el agua embotellada. Pero el costo se carga hacia el espectador decepcionado porque el filme no encaja en el canon al que la misma industria lo ha acostumbrado.

No faltarán también quienes intenten desarmarla desde el fondo del mensaje. Pero tampoco creo indispensable que un producto genere una amplia discusión ideológica o que conlleve una fuerte dosis de sentido intertextual. Por el contrario, me parece que esta idea es un derivado de la insistencia original sobre la historia; pero igual que a un haiku no se le exige la dosis metafórica que se le pide al poema, tampoco podemos exigirle esta dosis ideológica a una obra que es pura experiencia. Es necesariamente un error valorar una obra sólo por sus efectos ideológicos. La belleza es un elemento que por sí mismo justifica una obra. Y Gravity es eso: una experiencia a la que debe asistirse sin los antecedentes de todos los anteriores párrafos, porque para verla basta que se sepa una sola cosa: además de los sueños, Gravity será lo más cercano que usted y yo, simples mortales, estaremos del espacio.

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