Mi papá siempre anda por la casa encuerado de arriba; que llega un vecino, lo recibe sin camisa; que mi tía la mala avisa que se le murió el esposo, la recibe sin camisa; que llegan los cobradores, los recibe sin camisa. Mi padre ha tenido el bueno y mal tino de no saber medir contextos en lo que a enseñar sus chichis de hombre se refiere: que vamos a la playa, se pone camisa; que hace calor, “vieja tráeme el suéter”; mi papá es el único que en el infierno no va a sufrir con tonterías. Lo cierto es que a Don Rulas no hay otra manera de imaginarlo sino delante de un escenario de palmeras y cocos con ginebra. Más todavía: andar en cueros de la cintura para arriba es como andar de traje y corbata mientras atiende su negocio como Licenciado en Gestiones Jubilatorias y Similares.  Eso hace mi padre, y lo hace siempre sin camisa, mientras los fascinados clientes mueven la cabeza hipnotizados por su propia voz diciendo: “-Sí, licenciado. Sí, licenciado. Cómo no, licenciado”.

Todo esto viene al caso porque el domingo desayuné en su casa, como de costumbre estábamos mi hermano (el que me debe dinero), mi otro hermano (el que no tiene empleo), el otro (el que tiene empleo pero prefiere perderlo), mi hermana y mis sobrinos que son unos muchachos muy simpáticos que se han perforado las orejas hasta el tímpano. Ah, y mi sobrino el más chico, a quien -de cariño- le decimos “El chachuchas” porque a sus ocho años le resulta todavía imposible decir “cachucha”.

Bueno, mi padre, como de costumbre, andaba de un lado para el otro sin camisa, desesperado porque mientras yo estoy en su casa los chismes escenifican el milagro de la multiplicación y no hay manera de que él se integre a sus anchas porque ¡ay, se me pasó decirlo! casi todos los chismes tienen que ver con él. No es un dato menor: y es que a mi papá, si con algo se le abre el apetito es con buen chisme crujiente.

Impedido de estar en la mesa escuchando lo que me contaban se fue a la sala, hasta donde alcancé a verlo mientras estiraba la mano con el control remoto para cambiar de canal a una tele que está a medio metro de distancia. El control remoto es una maravilla para mi padre: sentado frente a la tele, el mágico aparatito le permite una ubicuidad que los físicos ni se imaginan que existe: primero enciende la tele en un canal donde no le importe lo que esté mirando, por ejemplo, el canal 44 repitiendo el partido de los Leones Negros; luego, sube el volumen hasta donde se haga evidente que es molesto y nadie escucha nada sino a gritos. Y ahora sí, viene lo interesante: obligados a alzar la voz para escucharnos, súbitamente mi padre baja el volumen y le da dos golpecitos al control remoto, seguidos de un “pinches pilas” y luego entonces todo se vuelve silencio y él está, repentinamente, aquí y allá al mismo tiempo… De no ser porque conocemos la maniobra, caeríamos cual chavos del ocho.

Resulta que ya desayunados, mi hermana, mi mamá y yo salimos a la cochera a seguir con el chisme en esos sillones viejos que ocupan el espacio del carro que no tenemos. Para más datos, se trata de los sillones que durante toda su vida de casada tuvo mi difunta abuela en su sala y, según yo, son el puente que explica por qué mi madre dice ver a su María asomándose desde el dintel de la puerta cuando la noche ya va cayendo. En esas estábamos cuando desde la calle entró el “Chachuchas” corriendo a la velocidad  a la que sólo la diarrea puede hacerlo: en menos de un segundo lo vimos girar desde la calle, abrir la puerta de la cochera, recorrer los cuatro metros que la separan de la puerta de la casa y empujarla con la fuerza del que nunca, nunca, nunca supone que detrás de la puerta se va a encontrar al abuelo con la oreja pegada para escuchar lo que del otro lado se dice. Don Rulas fue a dar al suelo con el orgullo roto, más por saberse descubierto que por la caída. Y lo que viene después es lo de menos: regaños para “El Chachuchas” y un montón de preguntas dirigidas a lo mismo: ¿qué hace un señor sin camisa pegando la oreja en la puerta que da a la cochera que da a la calle que a da al sitio donde todos los chismes nacen? Yo  no sé qué tan avanzada vaya la ciencia en esto de valorar los purgatorios familiares, lo que sí sé es que nos debe la respuesta.

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