Por Eugenio Partida

Publicado con permiso del autor

Fuente: javiercuberos.blogspot.com

 

En el año 2003, en Londres, un trabajo de los hermanos Chapman titulado “The Rape of Creativity” consistió—y fueron nominados al prestigioso premio Turner—en una serie de reproducciones de los grabados de Goya “rectificados” reemplazando las cabezas de las victimas del cuadro “Los Desastres de la Guerra” con cabezas de payasos y cachorrros. Por supuesto, esto se hizo sobre copias, pues la sola idea de que una pieza de otro artista —ya no digamos de Goya— sea intervenida o modificada sin su consentimiento o del propietario de la pieza, sería considerado un crimen y quién lo hiciere llevado a la cárcel.

En la presentación del trabajo de los hermanos Chapman, un hombre salpicó con pintura roja una de las obras expuestas y gritó “¡Viva Goya! Un juez atribuyó a las obras de los hermanos Chapman originalidad absoluta y Aaron Barchak fue a la cárcel. ¿No estaba haciendo Aaron lo mismo que los Chapman hicieron con las obras de Goya? ¿Desde la misma lógica no era Aaron un candidato al prestigioso premio Turner al “intervenir” la “intervención?”

¿Por qué Aaron fue a la cárcel y los Chapman fueron premiados?
Se argumenta que la palabra “intervención”, aplicada en las artes plásticas, lleva implícito un “dialogo” con el artista o con la pieza o con el ambiente “intervenidos”. ¿Por qué la mancha de pintura roja de Aaron “interviniendo” a su vez el trabajo de los Chapman no es considerada una obra de arte o una “intervención”? La razón es simple, porque los Chapman están vivos para decidir si su obra puede ser “intervenida” o no.
Para Aaron los Chapman “dañaban” el trabajo de Goya, para los Chapman, Aaron “dañó” su trabajo, lo demandaron y ganaron, y de paso el escándalo les trajo un buen monto de publicidad gratuita a la que son tan afectos, pues los Chapman pertenecen a un circuito artístico con un alto nivel de poder, donde se especula comercial y mediáticamente con el arte.
Según leo en una nota reciente, en México, el artista de apellido Amorales, utiliza una obra de J. C. Orozco como escuadra y crea una nueva “obra”. Sea cual sea el nombre que se le quiera dar a eso (qué más da) intervención, apropiacionismo, conceptual, etc. las preguntas inmediatas son ¿De estar vivo aceptaría Orozco que su obra fuera utilizada como “escuadra” para “crear” una obra de esa naturaleza? ¿Por qué el gerente en turno del museo propiedad de la obra de Orozco se adjudica el poder para admitir que la obra de Orozco sea utilizada de tal manera? ¿Quién dice lo que es arte y donde lo dice? ¿Quién define los valores estéticos del arte en determinado momento?
No hay misterio sobre esto, una estética en boga o idea de lo que es arte se forma con la opinión y conveniencia de quienes ostentan el poder de imponerla, que son gerentes de museos, galeros importantes, curadores, coleccionistas, editores de arte, directores de festivales, promotores culturales influyentes, y por supuesto las propias relaciones que estos tengan entre sí y sobre todo sus propios intereses.
En el museo CACMÁLAGA —el ridículo nombre responde a la tendencia de nombrar con siglas parecidas los museos contemporáneos de todo el mundo, de tal modo que suenan siempre a algo así como MaMaDa—, en el año 2004, los mismos hermanos Chapman del escándalo Goya inauguran una exposición llamada “El matrimonio de la razón y la miseria” la página del museo para celebrar la exposición aún pude verse en la web y uno pude leer —con pena ajena—, lo esfuerzos y los pobres resultados para alabar y preponderar el “arte de los Chapman” quienes son “los artistas más controvertidos de la actualidad” y son “conocidos por sus obras impactantes y provocadoras” en una exposición que “se articula en tres temas predominantes: consumismo, tabú y Goya” (más claro ni el agua). “La obra Death 1, “plantea de forma humorística la dualidad apariencia-realidad, al proponer un juego de engaños con el espectador que cree ver dos muñecos hinchables de plástico y que sin embargo se trata de una obra en bronce”. El CACMÁLAGA cierra con una declaración triunfante: “la obra de los hermanos Chapman es motivo de continuo debate en el contexto artístico internacional” Y cierra con una declaración de los Chapman: “Si alguien se escandaliza con nuestra obra o es un hipócrita o está enfermo”.
Ni siquiera vale la pena analizar el discurso, evidentemente sensacionalista, lleno de adjetivos, sin argumentos, apela a lo “internacional” y a supuestos sesudos debates llevándose a cabo por todo el orbe. ¿Pintar una pieza de bronce con color carne es una gran obra de arte pues “propone un juego de engaños”? ¿Acaso no resulta del más obvio oportunismo utilizar imágenes u obras de grandes maestros o genios para “intervenirlos” o “apropiarse de ellos” y utilizarlos para cualquier ocurrencia? ¿Creen que esto los equipara con un genio de la historia? ¿No es algo parecido a que cualquiera, con una mezcladora musical, puede grabarse en un dueto con un gran cantante y pretender que eso lo hace a su vez un gran cantante?
La segunda parte del entramado se sostiene en la ninguneo y la exclusión. Cualquiera puede tener ocurrencias tales como utilizar un cuadro de J. Clemente Orozco como escuadra o pintar caras de payasos a personajes de Goya, incluso, —si tiene dinero para llevarlas a cabo— mejores ideas por cuanto más sensacionalistas y costosas sean. Pero ¿por qué solo entra un determinado número de elegidos al circuito del arte conceptual internacional? ¿Son los que tienen las mejores ideas? ¿Resulta que, en México, oh casualidad, los artistas pertenecientes a la galería Kurimanzuto, son los que tienen las mejores ocurrencias artísticas de ese tipo y por lo tanto los gerentes de los museos están abiertos a seguir sus ocurrencias pero no las de los otros jóvenes igualmente ocurrentes con todo y discurso intelectual validador de la ocurrencia incluso apelando a las rupturas artísticas del siglo xx? Esto se debe a que si se admitiera a todo aquel que llegara con una ocurrencia, se haría notorio que es algo que “cualquier pendejo puede hacer”.
Las rupturas o movimientos artísticos a los que se sigue apelando tuvieron sentido en su momento histórico y en el contexto social de la época, tanto como actos de rebelión contra el stablishment artístico del momento o como fuentes de agitación social. Duchamp declara y pretende el ready made como una manifestación de carácter agitador, pinta bigotes a la Gioconda para decir que quita lo sagrado al arte desafiando a la tradición.
Pero todo eso, al repetirse, pierde todo sentido. El artista que cree que seguir pintándole bigotes a la Gioconda lo hace un gran artista, transgresor, innovador, audaz, talentoso, o es un ignorante, un ingenuo o un tramposo. No se puede pretender que es posible seguir reutilizando una y otra y otra y otra vez los medios e ideas con los que Duchamp, Arp, Picabia, etc, pretendían desenmascarar ideologías y agitaban la escena cultural y desafiaban al stablishment en los años 20. En 1972 Hanz Heins Holtz, hace más de cuarenta años, comenta al respecto “el botellero de Duchamp, aparte de su importancia provocativa, también era un chiste. Pero un chiste contado cien veces, un chiste cuya agudeza conocemos, ya no es el mismo, resulta aburrido y paraliza el pensamiento en vez de incitarlo. Esto no va contra el inventor, sino contra los que lo repiten. Duchamp sabía que no podía explotar sin fin su idea”.
El chiste gastado aburre, la ocurrencia ad infinitum aburre, pero para los medios es más fácil y atractivo el sensacionalismo barato de ¡A poco esto es arte! y para el artista chapucero nada más fácil que encajar un discurso intelectual, ya sea que el propio artista lo elabore o algún escritor “negro” o el representante galero o el gerente en turno del museo —los cuales ya tienen actitudes de divos o supuestos “cuasi-artistas”— y que en ese discurso se apoye la ocurrencia para que nadie ose dudar de lo sesudo y sofisticado de la obra, y como en la fábula aquella de “El rey va desnudo”, nadie se atreva a confesar que eso ni asombra, ni deslumbra, ni provoca, sino que aburre y que el chiste está gastado desde hace mucho en cada museo MaMaDa. Todos ellos, al igual que los coleccionistas que les compran sus obras de ¡¿A poco esto es arte?! tienen actitudes propias de los trepadores sociales, estos es, utilizan el arte para sentirse originales, inteligentes, cultos, separados del resto, miembros de esa cursilería llamada v.i.p. Estos advenedizos del arte son los que conforman eso que se llama la “Tiranía de la mediocridad” que controla la escena del arte hoy en día.

El Apropiacionismo y el salón de octubre Tapatío.
Según la Wikipedia (esa enciclopedia sospechosa y resumida) el término “Apropiacionismo” en el arte se refiere “a menudo, al uso de elementos tomados para la creación de una nueva obra. Estos elementos tomados pueden ser imágenes, formas, estilos de la historia del arte o la cultura popular o bien materiales o técnicas obtenidas de un contexto no artístico” (más ambiguo no puede ser). “Desde 1980 se refiere más específicamente al hecho de citar la obra de otro artista para crear una nueva obra. La obra puede alterar o no la obra original. Picasso usó trozos de periódicos, Duchamp realizó el ready made e intervino su famosa copia de la Gioconda. Ejemplos de Apropiacionismo: Joseph Cornell recortó y reconstruyó una película, Rauschenberg denominó a una serie “combinaciones” mezclando toda clase de objetos. Sherry Levine en los 80 lo utiliza para “desafiar las ideas de originalidad” y “para llamar la atención de las relaciones entre el poder el consumismo, las fuentes y usos sociales del arte, y juega con el concepto de “casi igual”.

Karla de Lara, fuente: Mural.comKarla de Lara, fuente: Mural.com
Sigue una lista de “Apropiacionistas” reconocidos, Warhol, Koons Kruger, Colsom, etc. Y se señala que todos tuvieron problemas y fueron demandados por derechos de autor mismos que llegaron a acuerdos extrajudiciales con los demandantes.
¿Cuál es el problema?
Que se utilizan los conceptos para encajarlos tramposamente en las supuestas obras de arte, que se juega con la ambigüedad de las palabras y conceptos para escudar ocurrencias, plagios, copias, o el valor de productos que pasarían como simples adornos o piezas de decoración pretendiendo que son obras de arte. (un ladrón de casas al ser sorprendido robándose la licuadora y la televisión de una casa podría alegar que es un lúcido “apropiacionista” y que su arte consiste precisamente en que la licuadora y la tele lucirían mejor en la sala de su casa).
El Homenaje.
Comúnmente utilizado y cuyo truco también se utiliza con frecuencia en literatura: el “homenaje” se escuda en la misma ambigüedad que el apropiacionismo, el “homenaje” puede significar que, si el motivo de un cuadro (o un libro para el caso) son unos campesinos, el cuadro entonces es un “homenaje” a los campesinos, o si es un cuadro con mujeres, es un homenaje a las mujeres, o a la madre, o si hay niños, a los niños, etc, Si se hace una copia, intervención, apropiacionismo, etc, de un cuadro tal, puede aducirse que es un homenaje al autor original del cuadro o del tema o de la idea o de la novela o del cuento. Si se toma un still de una película de Ridley Scott y se pretende realizar con ello una forma de arte, puede aducirse que es un homenaje a Ridley Scott o a al actor de la imagen tomada, o la historia del celuloide, o a Hollywood, y así, ad infinitum, según convenga. Se puede plagiar un poema, un artículo, un cuento, un fragmento de novela, y si te descubren, decir que es un homenaje al autor, al tema, al medio, etc, etc. Truco viejo.
En Guadalajara el escándalo de la artista que se firma De Lara, y aduce “homenaje” y “apropiacionismo” en su obra, no da para mucho, resulta obvio que encaja con calzador la teoría del “apropiacionismo” y luego apela al “homenaje”, estos “homenajes” en las artes pueden registrarse como la tragedia de muchos pseudoartistas quienes al carecer de talento adoptan alguna de esas teorías para hacer ver que ellos también tienen derecho a la admiración y al respeto. De Lara crea “afiches” o reproducciones decorativas, o como dijera alguien “maquila obras de arte”, como hacen en china por miles y miles donde reproducen, con variantes de color o textura, obras conocidas de grandes maestros, o en los negocios de “reproducción” frecuentes en los estados unidos, donde se hacen copias o variantes con calidad hechas por artistas, mismas que cada vez es más fácil hacerlas conforme ha avanzado la tecnología.
Pero el problema no radica en que alguien en su ignorancia o ingenuidad o falta de escrúpulos intente pasar una pieza como propia en un salón de pintura pretendiendo un homenaje o teoría artística o que el jurado sea ignorante al desconocer al artista plagiado, el problema radica en lo raquítico en todos los sentidos del premio Salón de Octubre, primero por el ridículo monto del premio, segundo por el jurado “gratis-háganos-el-favor” al que se apela. Se ha dicho muchas veces que el premio debe subir el monto y hacerse de adquisición para que cada año se vaya acrecentando un acervo de obra, debe pagarse al jurado dignamente por una labor que no es fácil y que requiere su tiempo y dedicación. En cambio todo es precario, festival escolar, gratis — Se eliminó desde hace mucho la escultura supuestamente por ser “incosteable” en el salón— y lo peor, no hay más, en una tierra pródiga en artistas —entre buenos, malos, extraordinarios, etc, pero pródiga al fin y al cabo—, pero eso sí, Salón de Octubre es la banderita que se esgrime a la menor provocación como la gran “actividad cultural” por contraparte a la multitudinaria, millonaria, ramplona, obtusa, diversión del auditorio B. Juárez con desfile de estrellitas de televisa donde se generan millones de pesos. El concurso nacional de labrado en cantera, es la otra actividad a la que se recurre para presumir de actividades culturales significativas y que también está pauperizado, mal pagado en montos, los artistas canteros prácticamente pagan todo, el monto es ridículo respecto a lo que cuesta mantener un taller de escultura un mes en un lugar público y todo se hace con jurados gratuitos o mal pagados. Todo esto conforma un escenario en el que todo resulta aún más chocante por los elevados salarios y prerrogativas que reciben los funcionarios supuestos gestores del arte, y lo que nos cuesta sostener los enormes aparatos burocráticos gestores de la cultura.
Mientras que por un lado el arte snob, controlado, tiene el tufillo del oportunismo, el tufillo de nuevos ricos nacos con ínfulas de haberse separado del resto y vivir en su mundo v.i.p, pues son los que exponen en “Londres, Nueva York o París” y sus obras se “exponen en los mejores museos” —como si Londres, Paris, o Nueva York, no estuvieran plagados de las peores estafas artísticas y algunos de sus museos no estuvieran dirigidos por los peores gerentillos oportunistas de la historia del arte—, del otro lado se pauperiza, se degradan a su mínima expresión los espacios públicos del arte, pues “no hay dinero” para invertir en ellos, particularmente si la comunidad que los usa no reclama y se conforma con lo que sea.
El problema, dijera Borges, es que uno se siente en un mundo en el que el defecto, la chapucería, la fanfarronería, la petulancia, el triunfo de las farsantes, se están convirtiendo en la norma. O mejor dicho, los chapuceros, fanfarrones, petulantes y farsantes, quieren que se convierta en la norma.
El Salón de Octubre no debe pauperizarse año con año, por el contrario, debe gestionarse su crecimiento (que para eso están las dependencias culturales), investírsele dinero como bien público, convertirse en premio de adquisición, profesionalizarse en la cuestión del jurado, crearse un acervo, abrirse a la participación de la comunidad artística en su manejo, proponerse un salón de escultura… y propongo que debe agregarse un salón más con un nuevo género: el Facilismo, un salón donde se acepte que se trata de copias, ocurrencias, homenajes, refritos, encajar teorías de corrientes o rupturas artísticas como sea, todo aquello que sea divertido, fácil de hacerse, arte clase B, wikiarte, uso de tecnología, plotter, cañones, mix media, todo aquello que entre en el contexto de ¡¿A poco esto es arte?! Si tales artistas aceptan participar en ese entendido, eso sí que sería honradez y nos dejaríamos de tanta MaMaDa con aire pomposo y suficiente. Por cierto, ya tengo varias ideas para participar en un salón así. Una con una pieza “apropiacionista”. Va: una reproducción del cuadro Las Meninas de Velázquez, solo que el pintor aparecerá sin sus bigotes, por lo que con esto “jugaré con el casi igual”, “derrotaré lo sagrado del arte” y propondré “un juego de engaño” y con esto “desafiaré las ideas de originalidad”. Otra idea, utilizar una caja vacía de zapatos pero para poner unos zapatos (con esto demostraré tener más huevos que Gaby Orozco). Otra idea, utilizar las patas de un artista reconocido que se preste como compás para hacer una marcas como círculos en el suelo de un museo, y se llamará “Utilización de las patas de un artista como compás para hacer unos círculos en el piso de un museo” y diré que lo interesante de la pieza es su título, precisamente por ser un título obvio. Ah, también meter un anuncio de desodorante de axilas al museo (esto lo dejaría sin explicación para crear el misterio de lo que quise decir).Vaya, las ideas siguen fluyendo. Vaya, creo que tengo grandes posibilidades de ganar el salón del facilismo. ¡Desde cuándo debí haberle entrado al facilismo! ¡Las ideas fluyen! ¡Fluyen! Fluyen! ¡Fluyen!

Sobre el autor:

Eugenio Partida (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1964) es novelista y escultor. Es autor de La otra orilla y La ballesta de Dios, entre otros libros.